martes, 12 de junio de 2012


Buenos Aires me mata...

Parece que perdí mi condición de argentina…Ahora mismo, para mis compatriotas soy “la española”, hace unos años era “la inglesa”…¿Desde cuándo el hecho de haber emigrado te cambia tu nacionalidad por la del nuevo país en el que vives? Y lo peor es que no lo dicen con recelo, sino con orgullo, como si me diera un estatus diferente… Bueno, para ciertas cosas, nomás.

Cada vez que vuelvo, todo el mundo quiere saber cómo veo Buenos Aires y también las diferencias con el lugar en el que vivo. Desde “¿qué sabor tiene la coca-cola en España?” (sí, me lo han preguntado!) hasta ¿cómo encontrás la ciudad?”, la gente me atiborra a preguntas, aunque muchas veces no les gustan mis respuestas… Hablar sobre la coca-cola no tiene peligro, pero ya cuando entramos en cómo veo a Buenos Aires, puede pasar cualquier cosa. Si la respuesta es positiva, genial. Si digo lo que pienso (que es lo que suelo hacer, porque nunca aprendo) no tengo derecho a opinar porque yo me fui y no soy muy distinta de una desertora.

Lo cierto es que veo a Buenos Aires de muchas maneras. Sus calles provocan en mi los sentimientos contradictorios propios de la letra de un tango (lo que prueba que la argentinidad sigue corriendo por mis venas).  Por un lado, me sigo deslumbrando con el estilo de vida, con sus barrios increíbles y con la infinita oferta del original ocio que nos caracteriza y que hasta ahora no encontré en ningún otro lugar. Por otro, me entristece profundamente la marginalidad que encuentro en sus calles, el malhumor que se respira en todos lados y la sensación de agobio que me produce estar en el mismo lugar, doce años más tarde y escuchar los mismos argumentos para todo…

 ¿Por qué vuelvo, entonces? Porque cualquier porteño que se precie sabe que es imposible no extrañar un buen asado con los amigos, y simplemente porque son las experiencias con ellos las que me inyectan de fuerza para seguir viviendo fuera. Sí, puedo criticar mucho a Buenos Aires, pero la amo profundamente. Así son las relaciones pasionales... Pero igual la acepto. Porque mal que me pese su embrujo endiablado, no puedo vivir sin ella.


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